Este sitio web usa cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y recoger información sobre su navegación. Si pulsa "aceptar" o continua navegando consideraremos que admite el uso e instalación en su equipo o dispositivo. Encontrará más información en nuestra cookies policy.

%item->titulo%%

Agenda

EXPOSICIÓN

EXPOSICIÓN "Cuerpo, Caballo, Figura" de Sergio Romero Linares. ProyectArte 2020

El negro es más que un color. Es un tiempo. Es una expresión. Es una hegemonía. En tiempos del Renacimiento llegaba a España de ultramar el llamado Palo de Campeche, un árbol de la familia de las leguminosas cuyas ramas facilitaban la consecución del tinte negro, el morado o el verde. Palo de tinte, Haematoxylum campechianum, el negro que se convertiría en la expresión más clara de la moda española. Sería la imagen de Felipe II y la imagen de España durante largo tiempo,

una imagen de marca que aglutinaría conceptos como la austeridad, la seriedad, el rigor o la profundidad. Negro frente al colorido europeo. Negro como símbolo de poder, que no de tristeza, como símbolo de perdurabilidad, que no como pobreza mal entendida. Así lo entendieron los Austrias y así lo entendió el primer Borbón, Felipe V, que se revistió de negro cuando ocupó el trono de España. Negros son los ropajes de Pablillos de Valladolid en el retrato de Velázquez, la pintura que alabó Manet indicando que sólo “era aire lo que rodeaba al hombrecillo”. Negro sería le petite robe noir de Coco Chanel o el esmoquin femenino de Chanel. Negro para ellos y negro para ellas.

 

Negros son algunos de los caballos de Sergio Romero Linares. Negro sobre fondo negro, la vuelta de tuerca de un pintor en torno a un color que es sobre todo un concepto. También caballos negros sobre fondo blanco. La tesis y la antítesis, la demostración de que el mundo cabe entre dos colores que algunos definen como la negación del color. O su condensación. Y un protagonismo absoluto al animal, a su porte, a su realidad y a la sombra que proyectan; al fondo blanco de aire velazqueño en el que pueden levitar o al paisaje de playa en el que se integran y donde se convierten en protagonistas. Porque su pintura, partiendo de los clásicos del Barroco, partiendo de los retratos ecuestres velazqueños, transita por caminos contemporáneos que se basan en el cambio de protagonismos y en la mirada más actual a partir del conocimiento profundo de los rudimentos de la pintura. La pintura mancha. La pintura provoca sensaciones. La pintura transforma. Sergio Romero Linares es artista de su tiempo y borra a la imagen del poder barroca, borra al Príncipe Baltasar Carlos, al Conde Duque, a Felipe III, a las reinas Margarita de Austria o Isabel de Francia. El protagonista absoluto ahora es el caballo, tan noble o más que sus antiguos dueños y señores, caballos que se estilizan, que posan en perfecta posición de firme o que galopan con el ritmo pausado del que sabe captado por unos pinceles. No es aventurado decir que los caballos de Sergio Romero asumen la prestancia de los antiguos retratos, el género que prostituyó Instagram para los humanos pero que mantiene su dignidad y su idea de ir más allá de una representación gráfica: es la captación de una sicología, aunque sea la de un animal. Un animal, no se olvide, revestido de la mayor nobleza.

 

Frente al negro, el blanco. El caballo también puede ser blanco. Y entre ambos puede haber una infinita paleta de colores, como en la vida. Negro y blanco pueden ser colores de luto, según qué cultura. Negro y blanco pueden ser colores de boda, según las épocas. En un ejercicio de mirada al pasado, las fotos de nuestros abuelos y de nuestros bisabuelos nos pueden mostrar a las novias vestidas de cualquiera de los colores, así son los tiempos pasados. Pasarán las modas, pero lo esencial permanece. Quizás ahí esté la trascendencia de las obras de Sergio Romero, el pintor que se atreve a pintar a una novia de blanco sobre un fondo negro. Suena a literatura, como aquella Señora de rojo sobre fondo gris, pero también suena a descripción pictórica de inventarios de siglos pasados, fichas de catálogos para describir en muy poco espacio el contenido de una escena. Las obras de este artista parecen seguir la vieja máxima de lo menos es lo más, hasta en la propia titulación: caballo, novia, expiración, figura, cabeza, piernas… Decía Joan Miró que “era necesario superar lo plástico para llegar a lo poético” y Romero alcanza la perfección del soneto jugando con la elegancia de los endecasílabos y con la supuesta facilidad de las estrofas del romance. Hacer fácil lo difícil. Una conjunción difícil de alcanzar pero que puede tener uno de sus secretos en las miradas de sus retratos, la belleza inaccesible y la distinción en la mirada de Sofía, el espíritu que se escapa de una Expiración, la muerte hecha silencio meditativo que se funde con el negro del fondo, la mirada distanciada de un hombre o de una mujer que posan. Caben todos los mundos en las miradas de los retratados por Sergio Romero, elegidos que se convierten en seres trascendentes, otra vez Velázquez, como aquellos bufones barrocos que ya no son seres deformes, ni dementes pintorescos ni discapacitados burlescos, sino personajes que trascendieron a sus motes y a sus apodos. Ni Calabacillas, ni Primos ni Niños de Vallecas, cada retrato es un mundo y un ser humano dotado de la trascendencia que otorga un pincel. Casi una función divina en manos del artista.

 

Blanco. Negro. Y cuerpo. Otra constante en la obra de Sergio es el cuerpo humano, el espíritu de un hombre representado en la dualidad de su naturaleza. El hombre es cuerpo y es espíritu. Es presente y es futuro. Tiene apego a la tierra y aspira a los cielos. Un hombre que expira es síntesis de una vida. Sobre el lienzo y la madera, dos materias para una sola existencia. Unas veces lo representa mirando a los cielos.

Otras, con ojos cerrados posados en el suelo. Pero siempre captando la máxima expresión del más fugaz instante. Toda una vida pasa por unos ojos que miran al cielo que pretenden alcanzar, aunque los pies se aferren a la tierra. Una vida que puede ser del color que todavía vive en unos ojos o del negro de un cuerpo ya fundido. Fundido en negro. Ascensiones y muertes corporales y espirituales. Toda la curva a la que Gaudí atribuía origen divino da forma a un cuerpo estilizado, sintético, ascéticamente delgado, con cadera al aire que recoge la mejor tradición del Barroco en pleno siglo XXI. Síntesis de una vida y la síntesis de una tradición de siglos. No hacen falta cruces a hombres que son su propia cruz y que simbolizan la mejor y más naturalista simplificación de la iconografía cristiana. Cuadros humanos y divinos que son el triunfo de la vida aunque se enmascaren de muerte.

 

Blanco. Negro. Paisaje. Cuerpo. Mirada. Piel. Rojo como forma de velar al modo clásico, filtros al modo barroco en el tiempo de los filtros de las cámaras en un móvil. Mujeres que se hacen monocromías rojas. Azules que se hacen dueños y señores. Y un silencio que se convierte en parte de cada una de las obras. Si hubiera que pensar en el silencio como elemento que conforma un cuadro nos vendría pronto a la mente la obra de Francisco de Zurbarán, la escena de San Hugo ante el Papa en una entrevista en la que no hay más que hablar, las miradas bajas de los cartujos en un refectorio en el que la carne es un elemento del que prescindir: todo es mirada, todo es silencio, todo es el blanco de las telas cartujas. Hay silencio en las miradas de los retratados por Sergio Romero como hay silencio en el orden de un cuadro de Giorgio Morandi. El silencio de miradas que parecen cargar con el poso de una sabiduría de siglos, con la aceptación del propio yo y de las propias circunstancias. Rostros y paisajes silenciosos sabedores de que la trascendencia está por encima del diálogo superfluo, de la palabrería barata. Silencio de cartujos que sólo se rompía en saludos ocasionales: “Hermano, morir tenemos”. Y una respuesta de aceptación concisa: “Ya lo sabemos”. No puede haber más trascendencia.

 

La obra de Sergio Romero bebe de esa trascendencia. Huye de los superfluo. Hace poesía de lo cotidiano, hace meditación de la pincelada. Nada a contracorriente. Choca con unos tiempos narcisistas y superficiales. Hace espíritu en sus anatomías, en sus carnes, en un tiempo de siliconas, de implantes y de retoques fotográficos.

Crea arte condensado en tiempos de fuegos fatuos, elabora personalidades profundas en tiempos de vanidades perecederas, crea realidades en tiempos de apariencias. Es vanguardia que bebe y aprende de los clásicos para mirar hacia un futuro donde reinará la belleza, captando el alma de las cosas en un tiempo que se queda en las pieles superficiales. Su reino, su pintura, no es de este mundo. Afortunadamente.

 

Sergio Romero Linares, (La Rinconada, Sevilla, 1991). Graduado en Bellas Artes por la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla en 2015. Anteriormente, en el curso académico 2013/14 recibe una beca Erasmus para la Accademia di Belle Arti de Roma, Italia. En su graduación obtiene el premio al mejor expediente académico de su promoción, por lo que sería reconocido con el premio a la excelencia universitaria de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.

 

Amplia su formación con diferentes becas como la Beca residencia Scarpia XVII, en la localidad cordobesa de El Carpio o la prestigiosa beca “Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores”, 2015-2016, experiencia fundamental para su posterior proceso creativo. Su formación continuó con cursos como el IV Curso de Realismo y Figuración a cargo de Antonio López García, en el Museo Casa Ibáñez de Olula del Río o el Workshop Encuentro y Laboratorio Didáctico dentro de la muestra “Spinario. Storia de Fortuna” que tuvo lugar en los Museo Capitolinos de Roma en 2013.

 

A pesar de su juventud acumula prestigiosos premios y reconocimientos como el Premio Adquisición de la Villa de la Rinconada, 2018; el premio Adquisición del XVI Certamen Nacional de Pintura de Gibraleón, 2017; el primer premio en el XXVIII Certamen de Pintura de la ciudad Álora, 2017; la mención de honor en el XV Certamen de creación Joven de la Universidad de Sevilla o el Premio Adquisición del XXII Certamen de Artes Plásticas de la Universidad de Sevilla, CICUS. Recientemente ha recibido el Gran Premio del Rector del II Certamen de la Universidad Loyola Andalucía por su obra Red Portrait. Actualmente, una de sus obras forma parte de la exposición TRANSATLÁNTICO, en Jersey City, Estados Unidos, en Mana Contemporary junto a otros artistas internacionales. Durante el año 2021, realizará otras dos exposiciones individuales, en el museo de Faro, Portugal y en Palazzo delle Pietre, Roma.

Mapa de Morón de la Frontera

Oficina de información turística de Morón

La Oficina de Turismo de Morón de la Frontera se encuentra ubicada en parte de las dependencias de un convento del siglo XVII, anexo a la Iglesia de Santa Clara y en pleno corazón de Morón de la Frontera, junto a los Jardines de la Carrera, en Calle Utrera, Nº 1.

Esta oficina de turismo ofrece a todos sus visitantes información turística de Morón de la Frontera y su entorno así como de la oferta turística más destacada de de los principales destinos turísticos de España. Atiende diariamente a turistas, excursionistas y a la propia población local, ofreciendo una información fiable, clara y precisa en diferentes idiomas, de forma accesible y personalizada.

Este espacio, además de la Oficina de Información Turística de la localidad, ofrece una zona expositiva y cultural para deleite del visitante, todo ello en una espectacular nave de dos plantas que conserva el antiguo artesonado de madera del siglo XVII